Poco antes de irse, como quien pasa las páginas encontrándose con que aquello era el final, mi abuela me dejó el libro. Digo el y no un, porque dotado de valor y conexión, ningún libro es tan solo un libro. Cuando la historia se desborda por entre las páginas, algunas marcadas, otras dobladas, cuando al lápiz no le queda más remedio que bailar la danza que la mano le propone, y un libro empieza a aprender a hablar, los participantes de esa conversación no necesitan decirlo para saber que es un el.

Cuando la extraño, encuentro a mi abuela en páginas subrayadas con líneas curvas, como quien busca perpetuarse en un mar de palabras. Leo a Clarice Lispector con una paz dotada de urgencia, con una armonía inquieta, quizás. Escucho absorta a mi abuela en sus palabras, pero siempre con ese ímpetu por seguir cavando en su significado, buscándola en las expresiones que eligió para quedarse. Porque los libros son aquellas obras que, con una sabiduría intrépida, desafían los límites de la temporalidad y, mucho antes de que nos diésemos cuenta, convirtieron lo perecedero en eterno. Nos regalaron la atemporalidad que creíamos imposible.

Cuando necesito conectarme con la sabiduría de mi mamá, el tiempo frena entre las contratapas blancas de un libro amarillezco de un príncipe y un mundo, y esa primera página es como un viento cálido envolviéndome en una manta con forma de boa.  Salvo que, debajo de esta, yace la forma de un abrazo materno. Y cada vez que necesito un consejo que me redireccione, mi mamá me contesta, en palabras de un zorro, en todos los idiomas en que me lo leyó de pequeña.

Las personas que nunca tuvieron esa experiencia trasgresora de cualquier límite espacio-temporal creen que la literatura es una actividad solitaria. Sin embargo, cada vez que entro, como quien no pide permiso al ingresar por la puerta principal de un lugar conocido y amado, en el universo de Mi planta de naranja lima, vuelvo a confirmar lo contrario. Cuando entre las páginas camino hacia Minguito me empieza a inundar ese calor infernal de un diciembre en Brasil, aunque este no se compara al del abrazo expresivo de volver a encontrarme con mi maestro preferido, el primero en leerlo conmigo, Miguelito. Y entonces Miguelito es Minguito, y estoy nuevamente en cuarto grado, y la literatura me re-confirma ser un encuentro profundo y sustancial con aquellos que ya no están materialmente. El espacio y el tiempo pierden su monopolio terrestre, y las palabras, las frases y los párrafos son como trenes, esperando a que elijas la bajada que necesitás; esa que solo se encuentra donde las fronteras entre fantasía y realidad se vuelven difusas.

La soledad solo existe para aquel que nunca dio un salto al abrir un libro. Un salto simple, muchas veces breve, conciso, pero con una especial urgencia, una necesaria confianza. Como si en esa búsqueda desesperada de un otro significativo con quien hablar, la acción de abrir el libro significara llamar a un alguien, esperando, escuchando, hablando, al otro lado del tubo. Y esa experiencia de hablar por libro como hablar por teléfono, no tiene nada de solitaria, sino una realidad fortalecedora de la empatía y los vínculos. Es la acción más comunitaria que conozco.

Allá por el 212 a.c, las llamas arrasaron con libros académicos bajo órdenes del emperador Qin Shi Huang, lo cual se repitió reiteradas veces en la historia, pasando por libros de autores judíos en la Alemania nazi, y más recientemente, bajo manos del Estado Islámico. Las quemadas de libros en la historia me hacen pensar, no sin una puntada en el estómago, la cantidad de líneas cortadas, borradas y sepultadas, condenando así una sociedad a un silencio infinito, a una interrogante abierta en esa laberíntica búsqueda por el pasado que fue pero que ya no está. Una línea que se busca, de la que se ansía un sonido, una palabra; y un teléfono bajo las cenizas.

Aparentemente pasiva, la lectura en su sentido más profundo exige un ser-activo-con; tanto con el libro como con otra persona. Y esta se convierte así en un puente siempre disponible tras el movimiento de pasar una hoja.

Los libros son los lazos que le dan continuidad a la historia de la humanidad, a través de las uniones que generan entre generaciones. Y cada una de esas conexiones, empieza con el libro. Ese que absorbe historias, secretos, miradas entre dos personas. El libro es el que le pone palabras a sensaciones que no las encuentran. Es un hilo invisible entre dos personas que comparten algo, que las acerca, las mantiene conectadas, las comunica. Y ese libro, cuando se carga de significado, tiene nombre propio.

Cuando se acerque el final, nos quedará mirar hacia atrás, hacia esos estantes llenos de experiencias, y elegir en qué libros nos perpetuaremos, qué hilos invisibles trazaremos, y aferrarse con esperanza a que haya alguien dispuesto a escuchar.

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