Hace unos días terminé una obra, y en el auge de sentimientos que me sorpendieron después de la última pincelada, me olvidé de sacarle foto. Me olvidé de todo, en realidad.

Me quedé mirandola un rato, y fui cayendo en la cuenta de que no estaba mirando solamente pinceladas acomodadadas de una determinada forma con una determinada paleta, sino que estaba viendo horas de reflexiones, nuevas ideas hiladas, viajes a lugares insólitos, sueños empezando a tomar forma, y mucha bajada de cambios. Es increíblemente inexplicable y difícil de poner en palabras el mirar tu propia obra después de haberle puesto toda tu energía, amor y dedicación. Y no porque necesariamente te encante, sino porque lo hiciste: creaste algo de cero.

Estaba viendo frente a mí horas de (des)conexión. Incluyo el paréntesis porque desconectarse de todo es, a mi parecer, conectarse con uno. Suena un poco en el aire, pero conectarme con lo que encuentro adentro es una de las cosas más reales que conozco.

Es una de las primeras obras que me lleva tantas horas, y estoy agradecida de haber podido superar mi instinto ansioso de necesitar terminarla, y disfrutar la incertidumbre del proceso.


El proceso; eso de lo que tanto hablo, y tanto me gusta recalcar. Ese intervalo de tiempo donde todo es posible, y cada opción es un camino nuevo por transitar. Desde la mezcla de colores en la paleta, hasta el movimiento del pincel en el bastidor. Desde el concepto hasta la forma.

El censor interno: la falta de confianza

El problema del proceso, y por lo que muchas veces nos cuesta disfrutarlos, es que dejamos que nuestros propios prejuicos entren en escena. Sin querer queriendo, les abrimos la puerta y los dejamos sentarse en nuestro escritorio, a mirarnos con los ojos entrecerrados y los dedos en la barbilla. Dejamos que nuestros miedos, inseguridades y prejuicios afecten nuestro arte.

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No es fácil cerrarles la puerta. Muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta que la abrimos. Pero cada vez que dejamos de crear por un prejuicio que tenemos sobre si lo que creamos es “lindo” o “feo”, lo hacemos. Cada vez que reducimos nuestro arte a un juicio estético, nos estamos perdiendo la oportunidad de explorarnos, de conocernos, de descubrir qué hay adentro nuestro, y de expresarnos sin necesitar palabras. De dejar que la mano guíe sin saber donde terminará.

Y esa es la parte más mágica del proceso creativo.

El miedo a la mirada del otro: perder el foco

Vivimos en sociedad. Eso implica que compartimos constantemente con personas. Amigos, familia, pareja, compañeros, desconocidos. Somos parte de un algo que nos trasciende y al mismo tiempo nos involucra a todos por igual. El compartir con el otro es algo que nos caracteriza. Por eso no creo que esté mal considerar la opinión de los demás, incluso que nos importe.
El problema empieza cuando le damos las riendas de nuestras vidas a esa opinión ajena (o a nuestra percepción de ella). Cuando negociamos nuestra aceptación a cambio de nuestra autenticidad, perdemos nuestro eje. Perdemos nuestra esencia.
Nos perdemos a nosotros mismos.

Pero el camino para empezar a ser quiénes somos está siempre esperándonos. Todo el arte (en todas sus variables) que tenemos adentro no se agota, ni expira. Aguarda, paciente.
A que lo encontremos.
Y a que nos encontremos en ese proceso de búsqueda.

 

Superar las barreras

Muchas veces limitarnos es necesario.
Darle un marco a lo que hacemos, buscar entender y estudiar cierta ciencia, sentirnos más cómodos sabiendo donde estamos parados; y sobre todo, el conocimiento de que es humanamente imposible pretender ser excelentes en todo. De alguna forma, necesitamos límites.

El problema es que, muchas otras veces, interiorizamos esos límites, los reconocemos como escritos en piedra. Cuando en realidad, son siempre expansivos. “No, en eso soy malísima”, “No es lo mio”, “No podría”, son frases que repetimos de forma instintiva. Lo damos por sentado, sin cuestionarlo. Creo que empezar a tomar conciencia de esas auto-limitaciones que nos imponemos nos puede abrir muchas puertas. A descubrir facetas nuevas, y sobre todo; a construirlas. A sumar habilidades a nuestra barra de herramientas. A dejar que nuestra curiosidad se divierta.

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Hace unas semanas estuve enferma, y mi hiperactividad compulsiva (🙈😂) me llevó a probar crear algo con materiales nuevos, por ser los que tenía a mano. Con una aguja, hilo y mostacillas, y muchos pinchazos de por medio, intervine una ilustración de hacia un tiempo, y me encontré con que entre el no poder hacer algo y el poder solamente hay una actitud distinta. Nada más.

Sobre el tema de ver más allá de nuestros propios límites, les recomiendo la charla TED de Caroline Casey.

Y sobre todo, que sigan experimentando, a que no se encasillen, a que busquen ver más allá de los prejuicios que a veces nos enjaulan. 

Si es necesario dar el salto, háganlo. Un paso a la vez. Se van a encontrar con su propia magia en el camino.

 

Magu