Si clickeaste este post, lo más probable es que la palabra creatividad te genere alguna chispa adentro, que te resuene, o que al menos te de un poco de curiosidad. (O quizás, llegaste por casualidad, in that case, hi!)

A mi también. Hace unos años tuve que hacer un trabajo de investigación sobre un tema que me interesara y sobre el que me gustara aprender más: elegí la creatividad; nuestra percepción y aplicación de ella. (Así conocí el trabajo de Ken Robinson, pero ese es el tema de otro post).

Cuando empecé a hacer las entrevistas y encuestas para el trabajo, me llamó muchísimo la atención el hecho de que más del 50% de mis encuestados consideraban a la creatividad como una cualidad cuasi hereditaria, con la que algunos afortunados nacían y otros simplemente no. También, muchos la asociaban estrecha y únicamente al ámbito del arte.

Es decir, la mitad de mis entrevistados consideraba a la creatividad como una característica estática librada al azar – te tocaba o no – que se aplicaba únicamente a un ámbito humano.

Esto me generó confusión y controversia, y empecé a replantearme que entendía yo por creatividad.

Leí,

miré,

escuché,

pregunté,

y volví a prestarle atención a la palabra individualmente: Creatividad.

Googlié su etimología, y deriva del latín “creare”, que significa crear. ¿Y qué acción más propiamente humano hay que crear?

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También está emparentada con la voz latina “crescere”: crecer.
Y así es como elijo concebirla, como un proceso constante de crecimiento, que nos permite crear. Y no solo en el ámbito artístico, sino que es aplicable a todos los aspectos de nuestra vida: buscar soluciones diferentes, aprender a mirar algo desde una perspectiva nueva, despertar nuestra curiosidad, observar, escuchar, entender, razonar.

Resumiendo, creatividad es crear. En todas sus dimensiones.

Y si al estar creando y haciendo cosas estamos siendo creativos, entonces la creatividad nos permite conocernos.

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Haciendo cosas (lo que sea: escribir, tocar un instrumento, construir, bailar, programar, correr, mirar el cielo, estudiar, cocinar, juntar flores, pensar, leer, hacer un deporte, viajar, jugar) nos conocemos a nosotros mismos. Aprendemos las cosas que nos gustan, y las que no. Creando nos creamos.

El concepto en sí es muy lindo e inspirador. Pero quizás, muchas veces nos pase que nos cueste llevar el acto a potencia, es decir, llevar la creatividad a la práctica.

Austin Kleon (otro genio creativo al que le quiero dedicar un post aparte) expresa que la forma más efectiva de destapar la creatividad (porque sí: sos creativo. Pero quizás tu creatividad esté encerrada en un frasco cerrado por una tapa de miedo/inseguridad/desconfianza/etc/etc), es a través de la apreciación.

Apreciar es el primer paso para crear.

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Apreciar todo lo que te guste, todo lo que te llame la atención, todo lo que te genere curiosidad, todo lo que te parece lindo, conmovedor, apasionante, movilizador. Justamente, es exponerte a todo lo que te mueva, a todo lo que te genere algo. Es mirar, ver, escuchar, oler, tocar, sentir. Es una tarea que te compromete con todos tus sentidos, ya que ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos. De la misma forma, exponerte a apreciar algo te cambia, así como tu interpretación del objeto apreciado lo cambia.

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“La creatividad requiere coraje”, dijo una vez Matisse. Porque una vez que creamos mucho (mucho), sabemos con certeza que nos apasiona, que nos moviliza. Y el coraje se necesita para animarse a hacer eso que nos gusta, a mantenernos constantes, a descubrirnos haciendo algo con pasión. Animarnos a tomar riesgos, a probar, y ver que pasa.

Hacer lo que te apasiona no significa necesariamente dejar tu trabajo, hacer exclusivamente eso, obligar a tu pasión a sostenerte económicamente (Elizabeth Gilbert profundiza mucho sobre esto en el libro “Big Magic”, muy recomendable), sino simplemente crear. Crear para descubir quién sos, que te mueve, que te hace despertarte de buen humor.

Lo importante es crear, es decir, usar la creatividad para descubrirnos, para ser más auténticos y así más felices.

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Siendo creativos nos exponemos al mundo: a mirarlo con otros ojos, a abrir la mente, a tener que buscar soluciones nuevas a problemas viejos, o soluciones viejas a problemas nuevos. Es sobre todo crearnos a nosotros mismos en  un intercambio constante con nuestra propia creación. Y es un proceso muy individual de descubrimiento propio. Cada uno es diferente, y eso nos permite diferenciarnos y complementarnos en nuestra propia riqueza creativa.

En alguna de esas clasificaciones generalistas, escuché decir que el mundo se divide en la gente que crea y la que no.

Hay gente que se compromete a crear,a  hacer, a explorar, a buscar, a mezclar, a probar.

Y otra gente que se dedica a mirar la vida pasar, desde un piloto automático cómodo.

Creo que es una elección diaria establecer cómo voy a desarrollar mi creatividad, y quién voy a ser hoy: un creador o un observador.

Incluso en los días de menos motivación, inspiración, ganas, o tiempo:

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“Hecho es mejor que perfecto”- Mark Zuckerberg.