Escribir estando de viaje.
Con los sentidos atentos, expectantes, sensibles. Con la mirada en modo manual, habiendo dejado hace rato el piloto automático. Con la mente renovada y las ideas frescas. Con el viento en la cara, y el sol reflejado en el agua. Escribir al salir de lo común, de lo cotidiano, de la rutina, pareciera siempre más fácil. Todo es nuevo y emocionante. Las palabras parecieran caer como gotas de cascada.

Al volver, esa emoción adrenalínica pareciera escurrirse, de a poco. Como si el brillo de los ojos se opacara cada día.
Porque, sí: hay días en que va a costar más. Escribir; como podría ser correr, trabajar, creer, dibujar, solucionar. Que todos los días sean productivos, creativos, felices, es para robots.  Una vida automatizada, casi como un trámite, o quizás como esas aspiradoras nuevas que se mueven solas de forma automática.

Pero quizás vivir sea crear el propio equilibrio de esos días; surfear los buenos y pedalear los malos. Respetarse, sin desmotivarse. Motivarse, sin auto-exigirse. Un equilibrio finito y aparentemente difícil de balancear. Pero apuntable. Posible. Sano. Motivador.
La inspiración no va a aparecer siempre, y aunque soy una fiel creyente de que hay que encarar la hoja en blanco para que esta nos acompañe, también creo que sobre exigirse no mejora las cosas. A veces hay que darse un tiempo, para respirar más profundo, y volver a arrancar con pilas recargadas.
El equilibrio nunca va a ser perfecto, pero siempre podemos buscar ajustar la balanza. ✨

 

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